Sin camas de cuidados intensivos disponibles, así enfrenta Quito un pico de coronavirus

Si el espejo ante el que se mira Quito para ver cómo avanza la epidemia de covid-19 es Guayaquil, la situación no es tan grave. Pero si se fija en su propia evolución de contagios y en la capacidad de su sistema sanitario, la capital ecuatoriana está enfrentando su peor momento con un pico de contagios por encima de los 1.500 en una sola semana. Ya no hay camas de cuidados intensivos en los hospitales quiteños y la cifra de muertos de las últimas semanas en Pichincha, provincia de la que es capital, es ya superior a la de Guayas, donde está Guayaquil. En junio, 1.803 fallecidos de la primera frente a 1.748 de la segunda.

Aun así, el ministro de Salud ecuatoriano, Juan Carlos Zevallos, se aferra a esa comparación entre Quito y la ciudad costera que se ganó el símil de la Wuhan de Sudamérica por ser una de las primeras y más afectadas cuando la pandemia llegó a la región, para decir que no hay “drama” en la capital y que, como ha venido reiterando desde hace días, la pandemia está bajo control en esa ciudad andina. Pese a que ya no hay espacio en los hospitales para más pacientes con coronavirus y pese a que el alcalde quiteño, Jorge Yunda, afirma que el sistema sanitario está “al límite”.

“No es grave que no haya una cama de cuidados intensivos”, defendió este lunes el responsable de la política sanitaria asegurando que los pacientes sí están recibiendo atención médica en UCI y en áreas de emergencia adaptadas. “Hay ocho veces menos mortalidad de la que hubo en Guayaquil porque nos dio tiempo a responder”, justificó Zevallos en una entrevista en televisión. Las cifras oficiales de muertos por covid-19 en Ecuador se elevaron el lunes a 5.063 de los 68.459 contagiados, diagnosticados con prueba PCR desde que aterrizó en febrero en el país la primera paciente que luego pasó a ser también la primera víctima de la epidemia.

Las cifras en las que se ampara el ministro son las que dibujaron un panorama de tragedia en Guayaquil y su provincia, Guayas, entre marzo y abril. En los meses más críticos de epidemia en ese territorio, se inscribieron 17.200 actas de defunción según las estadísticas provinciales del Registro Civil, que equivale a 13.200 fallecimientos en exceso respecto de los 2.000 decesos mensuales. El Gobierno relacionó ese pico a la epidemia pero sin confirmar -por falta de pruebas- que eran víctimas de covid-19. Pichincha, por este entonces, mantuvo sus registros provinciales entre los 1.100 y 1.300 muertes que suele alcanzar cada mes. Sin embargo, en mayo y junio anotó respectivamente 1.577 y 1.803 defunciones, lo que representa un exceso cercano a 1.000 muertes.

Dista aún del impacto que tuvo el coronavirus en Guayaquil, con una crisis funeraria que dejó cientos de cuerpos en las calles y viviendas durante días, pero la capital ha pegado un salto alarmante al llegar julio. De los 2.672 contagiados que tenía el último día de abril cuando Guayaquil anotaba ya 14.260 casos confirmados, ha pasado ahora a 10.681 casos positivos. Es decir, cerca de 8.000 más, mientras la ciudad costera con la que se compara solo ha registrado 2.300 contagios en los últimos dos meses y medio. De hecho, en solo una semana, Quito ha detectado un pico de más de 1.500 casos que ha sido atribuido, desde los estamentos oficiales, a la indisciplina ciudadana. Las zonas de mayor contagio están al sur de la ciudad y son a su vez, barrios de alta concentración ciudadana donde son habituales las escenas de aglomeraciones ante el comercio informal callejero.

El presidente Lenín Moreno insistía a inicios de julio a los quiteños -y a los ecuatorianos, en general- que respetasen las medidas de distanciamiento social, el uso de mascarillas y las restricciones de circulación que, pese a ser más estrictas que en Guayaquil en algunos aspectos, son significativamente más suaves que el rígido toque de queda y el parón laboral que se aplicó en todo el país al inicio de la pandemia. El mismo alcalde Yunda reprobaba el sábado en redes sociales al ver los operativos contra fiestas clandestinas. “Lamentablemente, son los padres o abuelos quienes necesitarán una cama UCI y ya no tenemos más en Quito. ¡¡¡Ayúdennos!!!”, reprochó.

Entre médicos y epidemiólogos han surgido voces que apelan a que Quito retorne al semáforo rojo para volver a un mayor confinamiento. Pero ese escenario es incompatible, según ha reconocido el Gobierno de forma reiterada, con la situación económica generada por la epidemia en todo el país y con el propósito de reactivación productiva. De hecho, el sistema de colores -rojo, amarillo y verde, que marca la intensidad de las limitaciones- ha ido evolucionando hacia una mayor apertura. Cuando Guayaquil y Quito pasaron al amarillo, el toque de queda duraba 11 horas, de seis de la tarde a cinco de la mañana, pero ahora pese a compartir el mismo color, la capital comienza a las 21.00 el horario restringido y Guayaquil a las 23.00. Lo mismo ocurre con el aforo en locales y trabajos, en la ciudad costera pueden llenarse a la mitad de la capacidad pero en la urbe andina, solo al 30 %. Y Guayaquil ya puede ir al teatro y al cine, pero Quito no. “Es evidente la necesidad de reactivar la economía, pero debemos hacerlo con la corresponsabilidad de todos”, puntualizó a fines de junio Agustín Albán, responsable del Comité de Operaciones de Emergencia de Pichincha, que es el órgano que marca el ritmo de la desescalada. Habrá más controles, dijo, que a juzgar por las imágenes de aglomeraciones y la evolución de los contagios de dos semanas después no fueron suficientes.

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